¿Y si leer fuera importante?

¿Y si leer fuera importante?

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“Diez pasos para inculcar en niños el gusto por la lectura”, hoy en día es un título recurrente en los portales educativos para docentes. Según los expertos, quienes no se cansan de reiterarlo, el placer por la lectura es de suma importancia para el desarrollo infantil. Incluso, en este tema concuerdan aquellos que en las encuestas revelan no ser asiduos a la lectura.

 

Sin embargo, las guías paso a paso suelen simplemente repetir, como lo hicieron nuestros padres y maestros, que “leer es importante”, perpetuando la sacralización innecesaria de la lectura. Rara vez mencionan cómo leen los niños y jóvenes, con qué fin, o cuáles son los hábitos adecuados de lectura, convirtiendo ese indeterminado número de pasos -que caen en el cliché- en guías sobre cómo hacer de los niños lectores aburridos.

Es importante empezar por una oposición comúnmente hecha cuando se habla sobre los hábitos de lectura: escuela vs hogar. A pesar de que la mayoría acepta que, tanto los maestros como los padres son responsables de promocionar la lectura, existe una clara división, en la consciencia colectiva, entre estos dos. La escuela, al ser relacionada con la lectura por necesidad, tiende a generar un cierto rechazo, todavía más grande en los adolescentes, que ven esta práctica como un deber, una obligación que, de no llevarse a cabo, puede traducirse en consecuencias negativas. Tomemos como ejemplo La vida de Henry Brulard del francés Henri Beyle (Stendhal). En esta autobiografía novelada, el protagonista se encuentra dividido entre la lectura formativa que su maestro jesuita y su padre fomentan, y la de aquellos “textos herejes” que tanto placer brindaron a su madre y abuelo. La decisión parece fácil, Henry robó las llaves de la biblioteca y sirviéndose de una silla tomó, uno a uno, los libros que se encontraban en el estante más alto del librero. Ahora les pregunto, si no tuvieran elección y se vieran obligados a leer únicamente lo que la escuela les impusiera, ¿serían capaces de relacionar la lectura con una actividad placentera?

La responsabilidad del maestro no es tratar de inculcar el placer por los libros, sino proporcionar a sus alumnos lecturas que puedan encontrar placenteras. Si no, ¿cómo se supone que el libro compita con otras formas de entretenimiento como la televisión o Internet?

Por el contrario, el trabajo de los padres es acercar a sus hijos a los libros, desde antes del inicio de su escolaridad; asegurarse de que la lectura sea algo cotidiano para ellos y tan entretenido como ver una película. Así, escuela y hogar en conjunto, podrán dar a los niños las herramientas necesarias para crear en ellos sus propios gustos literarios. Pero ¿cómo lograrlo? Leyendo nosotros mismos y predicando con el ejemplo. De nada sirve repetir incesantemente que leer es importante, si nuestros hijos nos ven diariamente concentrados en la televisión, nunca con un libro en mano. Según lo publicado en la Encuesta Nacional de Lectura y Escritura 2015, los “grandes lectores” son aquellos cuyos padres les leían habitualmente y con quienes pudieron hablar de literatura regularmente.

Sin embargo, la dificultad reside en cómo hacer que un padre no lector promueva en sus hijos la lectura, ya que los beneficios de ésta son múltiples, y por más que muchos parezcan evidentes, es necesario recalcarlos.

Empecemos por lo obvio. En palabras de Roger Chartier, “la lectura disipa la ignorancia”. Esto puede ser interpretado de varias maneras, las cuales comentaremos a continuación. Claro, la lectura nos brinda conocimiento sobre otras culturas, otras sociedades y otros tiempos, enriqueciendo así nuestra llamada cultura general; sin embargo, puede ir más allá de la simple comprensión de los hechos. Cuando leemos un libro, ocurre un fenómeno conocido como catarsis, a lo que vulgarmente llamamos sentirse identificado con algún personaje o situación, y es éste lo que regularmente determina si nos gusta, o no, un texto narrativo. Si nosotros como lectores entendemos que en realidad lo que siente el personaje -por más explícito que sea- no es más que un reflejo de nuestras propias emociones, entonces podremos entender mejor lo que sentimos. Esto es crucial para niños y jóvenes, pues contribuye a la construcción de su propia identidad, lo que, a su vez, les facilita comprender mejor al otro. Parafraseando una docena de libros de autoayuda, leer no sólo nos da la posibilidad de saber más sobre el mundo en que vivimos, sino también a entendernos mejor a nosotros mismos, así como a quienes nos rodean. Un conocimiento global parece suficiente justificación para tomar un libro y leer, solos o acompañados de nuestros hijos.

Sin embargo, el hábito de la lectura no es pura bondad; existen ciertos riesgos en los cuales caen muchos, incluyendo los eruditos.

Por un lado se encuentra, lo que muchos historiadores del libro denominan el “efecto legitimidad”. Este fenómeno resulta bastante sencillo, al preguntarle a un lector qué libros ha leído. Éste responderá acerca de los que considere son “libros de verdad”, por oposición a “literatura basura”. Por ejemplo, muchos hombres pueden sentirse avergonzados de admitir que han leído o que les gusta Crepúsculo o Cincuenta Sombras de Grey. Aunque en este caso preciso pueda parecer un problema de género (masculino vs femenino), ciertas encuestas demuestran que incluso las mujeres tampoco admiten leer novela rosa. Este y otros géneros literarios no suelen ser considerados, en el imaginario colectivo, como Literatura, con ele mayúscula. Sin embargo, el debate sobre si existe o no esta “literatura basura”, aunque parezca irrelevante, ha sido objeto de estudios sociológicos que consideran que no es más que una opinión infundada y promulgada por lo que los sociólogos llaman, “élite intelectual”.

Por otro lado está lo que se denomina esnobismo. El sociólogo francés Pierre Bourdieu habla de la “proliferación [moderna] de prefacios”, o sea, la tendencia que tiene esta autoproclamada élite intelectual, a dictar la percepción que debemos tener de un libro. Tradicionalmente la función de los prefacios es de contextualizar lo que estamos por leer, ya sea el contexto en el que la obra fue escrita, en qué parte de una serie se encuentra o simplemente explicar las posibles intenciones del autor. En cambio, hoy en día, los prefacios se asemejan a guías de uso sobre cuál es la lectura adecuada del libro, si es que ésta existe, o qué interpretación debemos darle a lo que se nos narra. Esta pretensión, no sólo interfiere con la catarsis, sino que además, es ambiciosa. El entendimiento de un libro no depende de prefacios, sino de nuestra comprensión del hipertexto o la metalectura.

Imaginemos que siempre que terminamos de leer un libro, lo metemos en un costal, y que cuando empezamos uno nuevo, sacamos todos los que en él se encuentran. Cada vez que leemos un texto, usamos de manera inconsciente el conocimiento adquirido a través de otros textos, lo cual nos permitiría, por ejemplo, identificar las referencias presentes. En La biblioteca de Babel de Jorge Luis Borges, hay una cantidad exorbitante de referencias a obras literarias, las cuales, de no ser conocidas por el lector, hacen imposible notar las alusiones correspondientes en el texto. En resumen, entre más libros leamos, más completa, y por ende, subjetiva se vuelve nuestra lectura.

En conclusión, una enumeración de pasos no es suficiente para fomentar el gusto por la lectura. Es necesario entender cómo leemos y por qué lo hacemos. Sólo al comprender el habitus podremos lograr construir una sociedad de lectores, con la suficiente apertura de mente y comprensión del mundo, necesarias para construir ciudadanos preparados. En otras palabras, “leer es importante”.

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