Otra típica historia

Otra típica historia

detective

Dicen que no se debe juzgar un libro por su portada, ni por su apariencia, o, más bien, antes de leerlo. Pero lo cierto es que lo hacemos todos.

 Antes de leer un libro, cuando lo tomamos por primera vez de un anaquel de alguna librería como Mahatma o El ático, en algún lugar del mundo, podemos imaginarnos, grosso modo, la trama: un Fulanito Pérez debe atravesar, con ayuda de un Sancho Panza, por una serie de obstáculos creados por un Señor Malo, con el fin de mejorar su situación inicial o de salvar a alguna damisela en apuros.

 Este esquema narrativo no sólo es uno de los más arcaicos, sino que además se trata de uno de los más estudiados, pues resulta curioso lo arraigado que se encuentra dentro del imaginario colectivo. Tanto el lingüista Roland Barthes como Ferdinand de Saussure, a la hora de analizar los esquemas narrativos, mencionan repetidamente un supuesto “contrato con el lector”, cuyo respeto por parte del autor, es lo que nos permite el juicio previamente mencionado.

 La existencia de dicha relación contractual es lo que nos provoca cierta disconformidad cuando la situación final es la misma que la inicial, es decir, cuando el caballero de la blanca armadura no logra rescatar a la princesa de las garras del dragón. Podemos observar que, cuando existe incumplimiento de este contrato implícito, el lector se siente poco satisfecho e, incluso, traicionado. Estamos tan acostumbrados, o más bien condicionados por todo el repertorio de historias que nos han sido relatadas que, de manera instintiva, reaccionamos negativamente cuando el final de un libro no nos parece adecuado, es decir, cuando nuestras expectativas no se cumplen. De hecho, cuando Agatha Christie decide llevar a término la vida de su héroe, el detective Hercule Poirot, los fanáticos, sintiéndose ultrajados, le escribieron tantas cartas con enérgicas opiniones, que la autora se decidió por revertir el fatídico final.

 Sin embargo, es justamente la falta de apego al contrato lector lo que produce sorpresa en éste, cuando, por ejemplo, Guillermo de Baskerville descubre quién envenenó la Poética de Aristóteles. En esto, el esquema narrativo de una novela de misterio difiere, por ejemplo, de la de un cuento en el que, desde un principio, se conoce la identidad del villano. Se podría incluso decir que este género rompe con el pacto, ocultándonos información. No sólo desconocemos quién es el antagonista, sino que muchas veces, los datos necesarios para nuestra total comprensión, no son revelados de manera inmediata, sino que paulatinamente, creando así lo que conocemos como suspenso. Por ejemplo, es común que ciertos capítulos cruciales en la obra terminen con un cliffhanger; que terminen abruptamente sin explicitar al lector el meollo, dejándolo “colgando de un precipicio”.

Aunque es cierto que este tipo de escritura suele enfocarse en temas más “adultos”, en asesinatos y otros crímenes, la curiosidad que debe fomentar el autor es particularmente importante en niños y jóvenes. Los libros de terror juveniles, por ejemplo, usan estas herramientas narrativas para mantener la atención del joven lector pues, es esta curiosidad por conocer el desenlace de la historia, por llegar a la “gran revelación” final, lo que los hace retomar un libro.

 Sin embargo, una historia no puede generar asombro si se respetan los esquemas narrativos canónicos del cuento. Éstos suelen tener una función pedagógica, fuertemente cargada de valores morales, por lo que no puede romper con el “contrato lector” para evitar distorsionar lo aprendido. El joven, al ya haber pasado por esa etapa formativa, busca algo nuevo y fresco, algo que le permita utilizar esos valores inculcados para crearse su propia opinión sobre los personajes. Ya no es necesario que se le explique por qué el malo es malo, llegará a esa conclusión al ser confrontado por la ética -o falta de ella- de los protagonistas.

 Por eso, es importante que expongamos a los jóvenes a libros que fomenten su curiosidad, que no les den todas las respuestas automáticamente, sino que ellos tengan que reflexionar para tratar de aclarar el misterio. Alejémoslos de la literatura condescendiente, ¡total!, algunos contratos se hicieron para ser rotos.

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